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Otro hallazgo obtenido en el presente estudio coincide con el trabajo de Dasilva (2015), quien
siguiendo una metodología similar demostró la influencia del programa de habilidades para vivir,
la misma que estuvo dirigida a mejorar la convivencia escolar y de sus componentes convivencia,
conflictividad escolar y respuesta a la conflictividad, demostrando en sus tres componentes
diferencias significativas. Por tanto, la habilidad social para vivir significó para la convivencia
escolar mejorar las relaciones entre pares, así como con los profesores, en la medida que se
lograron aplicar las normas y hacer que los padres también se involucraran en las nuevas
experiencias socializadoras, porque afrontaron con seguridad la resolución de conflictos entre
estudiantes, así como con los profesores.
Otro hallazgo que sigue la perspectiva de la presente investigación en el plano empírico, tiene
que ver con el programa de habilidades sociales y la convivencia democrática que implementaron
Tapia y Robles (2017), esta última variable tuvo como componentes la comunicación-dialogo,
respeto, participación, toma de decisiones, consenso y negociación y la motivación.
Finalmente, señalar que el trabajo de Duárez (2019) se enfocó dentro del programa de
habilidades sociales en la dimensión conductual abordando aspectos importantes como el
desarrollo de diálogos altruistas, expresar los afectos reales como forma de reforzar el aprecio
y la empatía en el grupo, protegerse así mismo, asumiendo una conducta asertiva, pero siendo
firme cuando se busca modificar una conducta errada; mientras que, en el plano personal, el
programa se enfocó en conocerse a sí mismo, a través de identificar carencias, distinciones,
agrados y aspiraciones privadas y colectivas; asimismo, ser congruente en su comportamiento
acorde con las normas establecidas por la sociedad, asertividad y manejar sus estados de ánimo.
Todo ello orientado a producir un cambio en la convivencia escolar, en la cual se enfocó en la
violencia y acoso, y, la convivencia.
En suma, los estudios consignados en la presente discusión partieron de un enfoque preventivo.
Esto quiere decir que la escuela se ha convertido es un importante escenario en el que se refleja
la cruda realidad del país, donde la violencia cotidiana adquiere diversos ribetes (física, psicológica
y sexual), lo que ha motivado acciones concretas del Ministerio de Educación (2013) con la
creación de la plataforma Siseve, y encausar su política educativa con una convivencia escolar
positiva, sana y generadora de aprendizajes en niños y adolescentes. (Barros-Bastidas & Gebera,
2020).
Por ello que, desde una perspectiva de intervención, los programas psicopedagógicos y
socioemocionales concebidos como acciones preventivas para mejorar una realidad crítica se
han convertido en estrategias de mejora del aspecto psicosocial y de bienestar socioemocional
en los alumnos, generando un impacto positivo entre los estudiantes en el plano de la integración
social y el rendimiento académico. Esta práctica que se han desarrollado a lo largo y ancho del
país y a nivel internacional, son el claro reflejo del papel de la psicología educativas en las escuelas,
abordando desde los docentes desde su propia práctica pedagógica, la necesidad de modificar el
statu quo reinante en el clima de aula y apuntalar a reducir las brechas de aprendizaje y
empoderar a los estudiantes a aprender a aprender en un contexto dinámico donde la
convivencia sea una expresión de consenso, discusión asertiva, ejercicio de la democracia, el
respeto individual y de grupo, comunicación y solidaridad para afrontar en equipo las
adversidades y el cumplimiento de objetivos. De allí la importancia que tiene dentro de la escuela,