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En efecto, esta teoría se fundamenta en la evasión al endeudamiento externo y su prioridad es
la de hacer acrecentar su capital a través de sus propias gestiones, además cabe recalcar que,
esta sostiene que no existe una teoría de capital óptima, y por ende no existe un ratio de
endeudamiento ideal, puesto que según Mondragón (2011) la estructura de capital dependerá
en su totalidad de las decisiones tomadas por la alta gerencia en base a la información
sumnistrada y su elección siempre será la más barata del mercado.
Por otro lado, la teoría del apalancamiento objetivo o también conocida como teoría del
equilibrio estático, confronta a esta postura, ya que defiende la existencia de un indicador de
endeudamiento óptimo que constituye la infraestructura de capital apropiada optimizando el
valor de la empresa, y que encuentra su razón de ser en el equilibrio ocasionado entre el
aprovechamiento de los costos producidos a través del endeudamiento, los cuales se constituyen
en un escudo fiscal generado por los intereses atribuibles a la deuda (Ruiz et al., 2016).
Y bien, sobre la base de las ideas expuestas ¿cual resulta ser la mejor opción para definir la
estructura de capital de una empresa?; la respuesta no se puede limitar a las preferencias
gerenciales basadas en una toma de decisiones empíricas, puesto que, en primer lugar, se deben
definir las variables que afectan el comportamiento de la deuda en las organizaciones. En este
punto Alvarez et al (2019) señala que las características de cada país se constituyen en una
variable a considerar, debido a que el sector al cual pertenecen las empresas posee
particularidades diferentes en cuanto a sus activos, sus etapas de maduración, los márgenes de
rentabilidad, entre otros.
En relación al sector en el que se desenvuelven las empresas se debe considerar por ejemplo
que, en el caso de aquellas que requieren de grandes desembolsos iniciales y cuyo grado de
riesgo de fracasar es alto como es el caso de las farmacéuticas, su financiamiento parte de aportes
de patrimonio. No siendo el caso, de las empresas pertenecientes a sectores maduros, como el
comercio que presentan flexibilidad en sus gestiones internas, y cuya posibilidad de recurrir al
financiamiento externo es alta (Mejía et al., 2019).
Por otro lado, Capa et al. (2018) y Briozzo et al. (2016) sostienen que, cuanto mayor es el
tamaño de la empresa de igual manera la proporción de sus activos aumenta, lo cual se refleja
en estabilidad en sus flujos de efectivo, y un mayor grado de razonabilidad de su información
financiera, lo cual le da mayor posibilidad de acceder a financiamiento a un menor costo, este no
es el caso de las pymes, quienes cuentan con una cantidad de activos tangibles inferiores en
relación a las empresas de mayor tamaño, lo cual se traduce para el propietario en un costo más
elevado de financiamiento y a la vez es más propenso a la quiebra ya que, sus activos personales
se comprometen de manera significativa. De igual manera, Padilla (2015) hace hincapié en este
mismo punto y su estudio de campo aplicado a 1.044 entidades establece que esta variable influye
negativamente en la deuda a largo plazo y de manera específica en los microcréditos, préstamos
gota a gota y el leasing.
Además, se ha podido constatar que las empresas que tienen más antigüedad en el mercado son
aquellas que tienen niveles de deuda más grande y además se encuentran más consolidadas al
contar con una capacidad de pago que goza de solidez capacidad y además son aquellas que en
su normativa interna constan políticas referentes a la conformación de la estructura de capital